Después de ver la accidentada carrera de Japón, con el abandono de Alonso, la tormenta desatada entorno al español en la prensa inglesa, y al margen de los que nos depare el incierto resultado del campeonato en Brasil, el Gran Premio de China, con la retirada del que parecía de antemano seguro ganador del título, la victoria de Raikkonen y el segundo puesto del piloto español, dejan las espadas en alto aunque, sobre el papel, Hamilton cuenta con las mayores ventajas.
Pero mi comentario de hoy, aun deseando que sea finalmente Alonso el que revalide su título, se remonta a los días en los que, con dos títulos en el bolsillo y el bagaje impresionante de patrocinadores decididos a apostar por él, el piloto español, o quizás sus consejeros, no supieron entre todos jugar fuerte con Ron Dennis.
Por entonces, el equipo Mclaren, en una situación delicada y ayuno de éxitos frete a sus socios alemanes de Mercedes, estoy bien seguro de que Ron Dennis puso sobre la mesa el nombre de Alonso como señuelo sabiendo que de esa forma estaba ofreciendo al mejor piloto de la parrilla, y con él, una inversión segura.
De esa forma logró arrebatarle a Ferrari la millonaria aportación de Vodafone y, además, con Alonso, se movieron empresas de la importancia del Banco de Santader y Mútua Madrileña entre otras, algo jamás visto en España, y todo gracias a los títulos de Alonso y a su trayectoria, su juventud, y su futuro. Digamos, que Dennis, en aquellos momentos, necesitaba mucho más de la presencia de Alonso en su equipo que éste del empresario británico.
Y fue ahí, en mi opinión, cuando el español tuvo en sus manos imponer su voluntad y la elección de compañero en el equipo.
En el invierno de 1985, cuando Ayrton Senna apuntaba como un futuro campeón del mundo, Lotus, que se lo había quitado con muy malas artes al modesto equipo Toleman-Hart, quiso imponer como compañero del brasileño al británico Dereck Warwick que se había quedado sin volante en Renault y Senna se negó en redondo proponiendo en cambio a Maurizio Gugelmin, su gran amigo y compatriota. Al final, para cubrir las apariencias ante el público y la prensa inglesa, se optó como solución por la contratación de Johnny Dunfries un piloto desconocido emparentado con la familia real británica.
Esta situación, que se repetiría a la inversa cuando Alain Prost vetó a Senna en 1992 para su entrada en Williams, podía muy bien haberse dado imponiendo
a De la Rosa, un buen piloto y gran conocedor del monoplaza inglés que, además, hubiera sido un leal y eficaz compañero del asturiano.
No fue así y, Ron Dennis, que intuía que Hamilton era también un potencial ganador y además británico, viendo la progresión fantástica de éste, comenzó a inclinar la balaza con el apoyo de la prensa inglesa y fue ahí donde tuvieron comienzo los problemas para el español.
Me hubiese gustado ver a Schumacher negociar su hipotético cambio de Ferrari a Mclaren y las condiciones que le habría impuesto al flemático patrón inglés. De hecho, algo de eso ya debió pasar según cuentan.
En cualquier caso, querido Fernando, no hace falta ser un duro negociante para ser un gran piloto, pero en ocasiones si hace falta tener un manager que trate las cosas a cara de perro, algo que si ha tenido Schumacher.
Mucha suerte, te la deseamos millones de españoles.
Paco Costas.