Yo debería empezar esta crónica relatando los resultados y el desarrollo del GP de China. Pero no voy a hacerlo. Todo, a estas horas del domingo está contado y repetido hasta la saciedad en todos los medios de comunicación

Podría haber titulado este artículo, porque me lo pide el cuerpo, con algo así como LA FORMULA 1 ESTÁ ENFERMA, que, en mi fuero interno es lo que pienso después de treinta años siguiéndola como periodista y aficionado; pero quizás, alguien diría, Paco Costas empieza a desvariar.

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Desde que, en los ochenta apareció el turbo e, incluso desde algunos años antes, poco a poco, la aerodinámica, la electrónica y los enormes avances en la fiabilidad de los neumáticos, han ido relegando a los pilotos a un segundo término: ésta situación, al día de hoy, puede acabar por anular totalmente su labor y la emoción que las altas velocidades entrañan de riesgo.

No es que el espectador desee en ningún momento ver dramas humanos sobre la pista, pero nadie puede negar, que la proximidad del riesgo es lo que, en definitiva, da grandeza al espectáculo.

En este sentido, sin mencionar el peligro en la fiesta de los toros y de otros deportes en los que el deportista arrostra peligros, una simple comparación con cualquier carrera de motos, en la que vemos a los pilotos empujarse literalmente a 300 km/h, deja a la F1 a la altura de un espectáculo aburrido y, sobre todo, incompresible para el espectador.

Puedo imaginar la perplejidad de los espectadores chinos tratando de entender la jerga actual en la que, comentaristas de la talla de la Rosa y Gené, se esfuerzan por explicarnos cuando debe entrar el Klers y para qué sirve; la complejidad absurda de tantas clases de neumáticos más complicada si cabe con la aparición de Pirelli (Desde que comenzó la temporada me esfuerzo en distinguir duros, medios, blandos, mojado, muy mojado, lluvia extrema….. etc. Y aún no creo haberlo conseguido).

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Creo, y no debe ser sólo opinión mía, que los GP de F1 han acabado por convertirse en carreras de laboratorio en la que, ni siquiera el aficionado experto, llega a enterarse en todo momento en que posición se encuentra cada participante en cada momento hasta que tiene la certeza de quien es el piloto vencedor cuando ve sobre que coche se abate la bandera de cuadros.

Hace años, un ingeniero inglés me aseguró que llegaría un día en el que, teóricamente, los monoplazas sin piloto podrían ser dirigidos desde los boxes. No le creí entonces, hoy, empiezo a dudarlo.

Y por añadir algo: ¿A que está esperando la legendaria Ferrari para ponerse a la altura de esa técnica de la que ya otros equipos disfrutan?

Paco Costas