Cuando este fin de semana se de la salida al Gran Premio de Japón en el renovado circuito de Fuji, habrán transcurrido 31 años desde que se celebró en éste circuito el último Gran Premio de Fórmula 1. El vencedor fue Mario Andretti, y James Hunt, que fue tercero, se proclamó Campeón del Mundo por primera y única vez. Niki Lauda, que tenía muchas posibilidades de revalidar su título con Ferrari, se bajo del coche después de haber tomado la salida renunciando a todas sus opciones, hacía sólo unas pocas semanas de su terrible accidente en el Nürburgring y esa circunstancia unida al infernal estado de la pista, le aconsejaron el abandono ante el asombro de todos. Hoy, Paco Costas, testigo de lo ocurrido, relata en un extracto de su libro "La Década Mágica" como lo vivió en aquella lejana fecha.
Era mi primer viaje a Japón. Un miembro de la IRPA(International Racing Press Asociation) había organizado un viaje charter para periodistas, pero el embarque era en Londres y hacia allí volé desde Madrid pensando más en las “geishas” y en los baños colectivos, de los que tanto había oído hablar, que en el desenlace del campeonato. Pero mis expectativas sobre exóticas experiencias se esfumaron cuando, mientras esperábamos para recoger las tarjetas de embarque, aterrizó por allí una bella austríaca tratando desesperadamente de conseguir una plaza en nuestro avión. Al verla, decidí que sus largas piernas, su melena rubia natural y unos ojos de un azul intenso, bien merecían que yo echase el resto como improvisado agente de viajes. Y así lo hice, convenciendo al organizador de que mi recomendada cubría la información para un periódico de Viena con un nombre larguísimo en alemán, sobre cuya autenticidad, con las prisas del momento, nadie se entretuvo en comprobar. Y aquella beldad (en el avión me confesó que era profesora de esquí, lo cual le añadía un plus de interés ) a partir de aquel momento, hizo que los baños, las geishas o cualquier otra promesa de placeres desconocidos, tuviesen que esperar hasta un próximo viaje. Por cierto, para aquellos lectores interesados en descubrir paraísos eróticos en el país del Sol Naciente, les informo que las geishas no se ven por ninguna parte. Lo que sí hay, es lo que se ha dado en llamar en cualquier latitud de la tierra, casas en las que se ejerce la profesión más antigua del mundo. En cuanto a los baños, llamados “furos”, se trata de una especie de pequeñas piscinas en las que los hombres se bañan desnudos en grupos, mirándose unos a otros con pudor, y en el mayor de los silencios.
En uno de los viajes que hice en años posteriores, un abogado madrileño, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Tokio, me llevó con un grupo de amigos españoles a uno de estos baños, los precursores de los actuales “yacuzzi”. Cuando los japoneses que ya estaban en el agua, vieron llegar a una horda de individuos vociferantes, desnudos y mostrando sus atributos sin complejo alguno, pusieron sus manitas delante de los genitales y nos miraron como si fuésemos extraterrestres. Más adelante supe que los occidentales, a los que ellos llaman “gaiyin”, al parecer han sido favorecidos por el Creador con herramientas de mayor tamaño. Verdad o no, eso es lo que me contaron. Precisión: en mi caso, al menos, la especulación carece de fundamento.
Y ahora, después de estas disquisiciones de orden personal y antropológico que espero que el lector disculpe, volvamos al desenlace de aquel cuarto y último acto en el que se iba a decidir el título mundial de la Fórmula 1 de 1976.
El circuito está a 100 kilómetros de Tokio, y el hotel donde nos hospedamos era el Monte Fuji, desde el que se veía la imponente cumbre nevada del Fujiyama de 3.776 metros de altitud, el más alto de Japón. Allí me encontré con muchas personas conocidas que, venidas desde todas las partes del mundo, no querían perderse el desenlace de aquel culebrón. Una de las que conocí entonces y con el que coincidí otras veces en Australia y Japón cuando era ya comentarista de televisión, fue el Campeón del Mundo de motociclismo de 1976 en 500cc, Barry Sheene. Este personaje, que tiene medio cuerpo lleno de prótesis como consecuencia de múltiples accidentes y que fue, sin duda, uno de los más grandes motoristas de todas las épocas junto con Agostini y Mike Hailwood, resultó ser una persona enormemente extrovertida y simpática. De su relación con España guardaba algunas frases que farfullaba con un acento horrible y casi todas compuestas por palabrotas relacionadas con el sexo. Su afición al tema era tanta, que si no llego a andar listo, me “pisa” a la esquiadora. Por ser amigo intimo de Hunt, su afinidad con él no me extrañó mucho.
La mañana del gran premio, un grupo de empleados del circuito se afanaba por eliminar los charcos que había dejado una lluvia persistente. De vez en cuando, a la fina cortina de agua que, a intervalos, seguía cayendo, se unían bancos de niebla que envolvían totalmente la mole del Monte Fuji. A la vista del panorama, el movimiento y las consultas entre los diferentes equipos sobre si debía aplazarse la carrera más importante del año, se prolongaron durante toda la mañana. Curiosamente, los dos únicos pilotos que podían decidir el resultado final del campeonato después de 15 grandes premios, Lauda y Hunt, eran de los pocos que, ante el riesgo de jugarse la vida a 300 km/h navegando sobre enormes charcos, consideraban seriamente la posibilidad de celebrar la carrera una o dos fechas después. Lauda, prácticamente resucitado del accidente de Nürburgring, sabía mejor que nadie lo fácil que podía resultar morir en un circuito y, por esa razón, su valor, erosionado por la dura experiencia, le había transformado, del autómata frío y decidido que se ponía al volante para ganar, en un ser mortal de carne y hueso, con sus dudas y sus miedos. Para él, probablemente, la victoria en aquellos momentos significaba mucho menos que para el resto de sus compañeros. En una de las muchas ocasiones en las que pude entrevistarle después, (en los ochenta) una de las cosas que me dijo cuando le hice la pregunta tópica sobre el miedo, fue: “El miedo es bueno, ya que te marca los límites y te avisa de los peligros”. Y esto fue probablemente lo que en aquella ocasión determinó su conducta cuando renunció a seguir en carrera, a poco de comenzada ésta.
Entre los que querían salir contra viento y marea, estaban los pilotos de la escudería March, Ronnie Peterson, Vitorio Brambilla y Hans Stuck, También el galés Tom Pryce y el australiano Alan Jones estaban a favor de la idea. Hasta el propio Hunt, a pesar de sus conversaciones con Lauda a favor de la negativa, estaba decido a participar si por fin se formaba la parrilla. Ante esta situación, el austríaco se encontró solo y contra la pared.
Mientras tanto, unos cuarenta mil japoneses, que asistían a una carrera de Fórmula 1 por primera vez, más por curiosidad que por otra cosa, permanecían impasibles bajo la lluvia sin saber qué estaba sucediendo. Por mi parte, tengo que decir que jamás había visto tantas cámaras fotográficas reunidas en un solo lugar. Juraría que había al menos una por cada uno de aquellos improvisados reporteros gráficos. Para ellos significaba todo un acontecimiento la presencia de Noritaki Takahara con un Surtees, Masami Kuwashima con un Hesketh, que no llegó a participar por falta de patrocinador, y Kazuyoshi Hoshino con un Tyrrell 007.
Al final, fueron los comisarios de la prueba los que, unilateralmente, decidieron que la carrera debía celebrarse aunque hubiese que retrasar la salida. Relevados de la responsabilidad, los pilotos abandonaron la torre de control, lugar de las discusiones, y se fueron cada uno a su respectivo box a esperar la formación de la parrilla. Mientras, la lluvia no cesaba y existía el peligro de que si la prueba se demoraba, además de la lluvia, podía caer la noche sobre el circuito. La tensión continuó en aumento, y el público, estólido e imperturbable, continuaba en sus asientos empapado y expectante. Recuerdo que le pregunté a Scheckter sobre la posible cancelación del gran premio, y me contestó: “Cualquiera les dice a estos tíos, después de lo que están aguantando, que se cancela la carrera. Nunca más en su vida volverían a interesarse por la Fórmula 1, y, además, nos podrían echar de Japón a patadas”.
Por fin, se formó la parrilla, arrancaron los motores, y cuando se esperaba la salida, otra vez volvió a suspenderse durante unos minutos. Las caras de preocupación y las miradas al cielo de unos y otros eran constantes. Los Tyrrell de seis ruedas de Depailler y Scheckter, que habían intentado lograr un buen crono para la parrilla, cuando en el “warm up” llegaban a las zonas de frenado, salían rectos sobre los charcos de forma espeluznante. Afortunadamente, todo el mundo pensaba que según las estadísticas, en carreras disputadas en condiciones extremas de lluvia, los accidentes, en la mayoría de los casos, eran siempre incruentos debido a las bajas velocidades.
La arrancada nos sorprendió a todos. El primer líder fue Hunt que, desde la pole, dejó tras de sí una elevada cortina de espuma. En teoría, el campeonato estaba en esos momentos en sus manos, porque Lauda había partido tercero en la segunda fila y desde los primeros momentos estaba siendo rebasado por un lado y por otro de la pista, tratando de no ser arrollado y manteniéndose a duras penas sobre el asfalto. Resultó verdaderamente triste ver cómo su rival se escapaba hacia la victoria y el título, mientras él, sin poder oponer resistencia por primera vez en su vida, arrojaba la toalla en la segunda vuelta, entraba en el box y se bajaba del Ferrari dándose por vencido. Había estado conduciendo casi a ciegas. Como consecuencia de las secuelas que le habían dejado las quemaduras de Nürburgring, no podía parpadear y aquello influía en su percepción focal haciéndole equivocar las distancias y la velocidad. Creo que entonces a Lauda le importaba un adarme lo que pudiesen pensar en Ferrari y en el resto del mundo. Su vida debió ser lo único que contó en aquel momento.
Los altavoces del circuito dieron la noticia, y al instante, pudieron escucharse opiniones para todos los gustos: Lauda era un cobarde, tenía miedo. Otras voces apostaban que el austríaco había jugado la baza,( más que probable debido a las condiciones de la pista) de que Hunt no terminase, con lo cual, él sería campeón aún abandonando….Pero la pista empezó a secarse y automáticamente el foco de atención se desvió hacía una nueva y sorprendente situación que nos iba a deparar un final de infarto.
Cuando parecía que Hunt, destacado líder, tenía todos los triunfos en la mano, en los cronómetros de su box se empezó a percibir que su ventaja iba disminuyendo. Y, en efecto, un neumático trasero del Mclaren se estaba desinflando poco a poco y los bajos del monoplaza arrojaban chispas al tocar en el suelo. Mientras, la mayoría de los participantes que aún no habían entrado a cambiar los neumáticos de agua por los “slick”, trataban de pasar por las zonas del circuito que todavía conservaban humedad, para evitar el aumento de temperatura y alargar su vida lo más posible. El firme de Fuji, compuesto de materiales volcánicos, era muy abrasivo y pocos fueron los participantes que lograron conservar sus neumáticos hasta el final.
Y entonces comenzó el dilema.¿Eran suficientes los 20 segundos de ventaja que tenía Hunt en ese momento, para permitirse entrar en los boxes y hacer el cambio?. A pesar de la retirada de Lauda, Hunt no podía correr el riesgo de terminar por debajo del cuarto puesto, y un cambio de neumáticos torpemente realizado podía dar al traste con los sueños de todo el equipo.
Teddy Mayer se encontró ante una difícil situación, ya que un falso movimiento podía poner el éxito en peligro, y optó por esperar. Entre tanto, Depailler, beneficiándose de la lentitud de Hunt le había adelantado y marchaba en cabeza, hasta que a su paso por la línea de meta hizo un gesto inequívoco: un neumático trasero estaba pinchado y Mario Andretti heredó instantes después el primer puesto, con Hunt todavía segundo. Pero una vez más la buena suerte acompañó al piloto inglés. Cuando apareció en la curva anterior a la entrada de los boxes, su neumático derecho delantero, todavía de agua, acabó destrozándose al no haber podido aguantar el ritmo impuesto sobre la pista ya seca, y entonces decidió entrar en el box. Los mecánicos se abalanzaron sobre el coche y le cambiaron los cuatro neumáticos en algo menos de 30 segundos. Todavía no he podido olvidar como Hunt, hecho una furia, arrancó entre una nube de humo y olor a goma quemada mientras el Mclaren patinaba de lado a lado en la pista de boxes. Y en aquel momento comenzó la última y no menos excitante secuencia de este dramático campeonato dividido en cuatro actos.
De repente, el británico se transmutó. El táctico calculador se convirtió en un agresivo piloto cegado por la rabia. Para él, el título ya había volado, y todo por aquella estúpida espera de Teddy Mayer. Para acabar de confirmar sus temores, desde el box le señalaron que estaba sexto y aquello significaba decirle adiós al campeonato a favor de Lauda que, sin moverse de los boxes, conseguía así su segundo título consecutivo.
Creo que para cualquiera que como yo pretenda explicar con palabras la emoción de las vueltas que Hunt dio hasta traspasar la meta en tercer lugar, el empeño resultaría inútil.
Hunt se olvidó de toda prudencia, cargó contra sus rivales como un escuadrón de caballería, y pronto dio cuenta de Regazzoni y de Surtees cuando ambos estaban luchando por la tercera plaza con los neumáticos en el límite de uso. La maniobra se produjo en la bajada anterior a la curva más lenta del circuito a espaldas de los boxes. El británico adelantó a los dos de una sola vez, por la parte exterior de la pista, en un movimiento fulgurante. La tensión estaba llegando en ese momento a su punto más alto. Las señales de los diferentes equipos se sucedían sin que nadie a ciencia cierta supiera lo que estaba ocurriendo, hasta que, en la última vuelta, los coches aparecieron en la curva anterior a la línea de meta. Sólo entonces, lo que parecía increíble, sucedió. El primero en pasar bajo la bandera de cuadros fue el Lotus negro de Andretti, seguido por el Tyrrell de seis ruedas del francés Depailler…Y, el tercero en hacerlo, fue el Mclaren conducido por James Hunt que, en ese momento, era ya campeón del mundo por un solo punto sobre Lauda. Pero aún quedaba otra escena absolutamente kafkiana que tuve la oportunidad de presenciar de cerca.
Hunt, en esos momentos de euforia que estábamos viviendo todos los que le apreciábamos, era el único en todo el circuito que no sabía que era campeón. Él y Depailler habían entrado en meta a una vuelta del vencedor Andretti y, en la confusión, daba por hecho que había perdido el título. Cuando se soltó el arnés, sin siquiera quitarse el casco, y medio asfixiado, comenzó a darle voces a Mayer y a reprocharle por qué no le había mandado parar cuando vio que tenía un neumático pinchado. La escena era realmente cómica, Mayer haciéndole gestos con el índice para decirle que era campeón, el número uno, y Hunt persistiendo en su cabreo. Hasta que, despojado ya del casco, tomó aire y Mayer, lo más calmadamente que pudo, le explicó que había sido tercero y por tanto campeón del mundo. A pesar de ello, el piloto quería creerle, pero no estaba convencido del todo. Nosotros le felicitábamos y todo el mundo le daba abrazos y parabienes, pero según confesó más tarde, quería una prueba. Los acontecimientos sucedidos a lo largo de la temporada no le dejaron tranquilo hasta que los resultados oficiales le confirmaron como campeón del mundo de 1976. Una temporada para recordar.
En cuanto a su gran rival, Lauda, supongo que siempre le habrá quedado la duda de que si hubiese aguantado sobre la pista los quince minutos que tardó en dejar de llover, hoy día sería, con Prost, el único piloto con cuatro títulos mundiales en el bolsillo. Pero esa parte de la historia permanecerá para siempre en el interior ignoto de una bola de cristal, cuyos secretos, nunca llegaremos a conocer. Su actitud fue admitida a regañadientes por Enzo Ferrari, que por entonces ya tenía 78 años. Cuando llegó el momento de discutir las condiciones para la temporada siguiente, de acuerdo con el contrato que habían firmado en el verano, antes del accidente de Nürburgring, impuso a Reutemann como primer piloto, algo que a Lauda nunca le preocupó demasiado, sabedor como era de la diferencia que existía entre ambos a la hora de obtener resultados.
Paco Costas.