Libertad sobre ruedas

Pueden creerme, después de algo más de cincuenta años en los que he conducido toda clase de vehículos, desde Caterpillar, tractores, camiones, turismos, motos y apìsonadoras, hasta la humilde bicicleta; cuando ya comenzaba a sentir el tedio de la saturación por las aventuras vividas y los kilómetros recorridos, he descubierto el placer y la libertad de moverme y viajar en autocaravana.

Conduciendo una autocaravana, el mundo se ve de otra forma. Desaparece ese sentimiento que, a veces se apodera de cualquier conductor y le incita a apretar el acelerador más de lo prudente. Se aprende a estar pendiente de los que circulan detrás de nosotros y, en la mayoría de las ocasiones, cedemos el paso a la primera oportunidad sabedores de lo que fastidia ir detrás de un vehículo lento al volante de un turismo.

Los conductores de autocaravanas, casi la totalidad, nos saludamos con las luces o con un gesto, al cruzarnos con otros y dudo mucho que entre nosotros se organice un “pique” ni aflore de repente ese sentimiento de revancha que se manifiesta a cada momento entre algunos conductores y que suele acabar en accidente.

Por supuesto, nunca conducimos al límite de las posibilidades del motor, con el acelerador a fondo y a 10 metros del vehículo que nos precede como si quisiéramos echarle de España.

Ningún conductor de autocaravana o caravana toma una curva como lo haría Alonso en la Parabólica de Monza.

Tampoco, a la hora de aparcar, nos “pisamos” el sitio, y a la menor dificultad o pequeña avería, la colaboración entre vecinos de un mismo camping o espacio abierto, es total. De igual forma, cuando algún desaprensivo vierte las aguas grises u otras peores en el lugar inadecuado, o produce ruidos que molesten a los demás, se le afea su conducta y falta de solidaridad.

El conductor de una autocavana viaja con la casa a cuestas como la tortuga. Ahora que el alojamiento en hoteles resulta prohibitivo para muchas economías, si no te gusta la vega del Pas, después de un par de días, te vas al Cabo de Gata o al de Finisterre, sin reservas previas y tomándote el tiempo que de la gana.

¿A qué viaje puedes llevarte, la bicicleta, las cañas de pescar, la escopeta, si te gusta la caza, algo de ropa de verano y de invierno, tus libros y tu música favorita, unas tumbonas si te apetece tumbarte al sol, los esquís si te gusta ese deporte, tu propia tele…? Algunos, llevan hasta la moto.

Yo, que en mi vida había ni siquiera ojeado un libro de cocina, he comenzado a sentir el placer de hacerme unos espagueti, y aunque me salen mal, casi siempre, en la autocaravana me saben a caviar de Beluga. Y por si fuera poco, me lo paso pipa dándole al pedal a la menor ocasión.

Conducir y viajar en una autocaravana o caravana es una forma de libertad y, en cierto modo, de aventura. En mi caso, además de todo lo expuesto, me ha servido para comprobar que se puede depender de uno mismo y que se puede ser feliz en doce metros cuadrados.

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