A vueltas con el carné por puntos

¿El sistema sancionador por resta de puntos a los infractores es bueno? Si. Pero con un importante matiz, es bueno en aquellos países en los que el sistema se ha gestionado bien y con todos los medios que se precisan para hacerlo eficaz. De España no podemos decir lo mismo.

Entró en vigor de forma precipitada por razones evidentes de oportunidad política ya que formaba parte del programa del partido socialista que, desde la oposición, ya se venía anunciándolo.

No se tuvo en cuenta y no se hicieron las previsiones que, ante la previsible avalancha de sanciones, se iba a producir.

La DGT no contaba con la estructura necesaria para que, la rapidez en la comunicación de las sanciones dotara de eficacia al sistema. Por poner un ejemplo europeo, en Holanda, el plazo máximo para comunicar las sanciones al infractor no sobrepasa en ningún caso los 15 días hábiles.

Y, por último, no se puede pretender que el sistema funcione por la sola presencia de 300 radares mal repartidos, en un país que cuenta con una red viaria que, en su conjunto, sobrepasa los 300.000 kilómetros con el único soporte de los radares y sin una presencia policial que está muy lejos de las necesidades que exige hoy día la densidad del tráfico rodado.

Es cierto que en su conjunto el número de accidentes se ha reducido porcentualmente y ya se encargan desde la DGT de repetirlo cada vez que tienen la ocasión, pero si se analizan los primeros resultados y se comparan con los actuales, la dura realidad es que el sistema no ha alcanzado todavía el éxito que se esperaba.

¿Cual puede ser la razón que justifique este descenso, cuando todos sabemos que otros países el sistema está funcionando? En mi opinión, además de la precipitación y las carencias que he mencionado, es que los conductores, en gran número, siguen circulando de la forma que lo hacían antes y cometiendo las mismas infracciones, en la creencia de que el sistema no funciona debido a su lentitud.

Ahora mismo circulan muchos conductores cuyo carné ha sido suspendido, otro, miles, a los que todavía no se les ha comunicado la sanción y este estado de cosas ha creado un sentimiento de falsa inmunidad que, algún día se tornará en disgusto.

Este estado de cosas se vuelve siempre contra los responsables y, en este caso, contra su cabeza más visible, el Director General de Tráfico, Pere Navarro. Pero aunque la reacción del usuario y de de algunos medios resulta inevitable, al Sr Navarro hay que atribuirle en su descargo, la lentitud de la maquinaria administrativa- la propia DGT- encargada de controlar el sistema; la falta de apoyo de los poderes públicos divididos en tantos ministerios como problemas aquejan al tráfico.

La construcción de carreteras, la señalización, el sistema educativo, los sistemas penales y la diferencia de criterios al aplicar la Ley según las difentes autonomías; las poblaciones y sus policías municipales; la formación y el aumento de la plantilla de la Guardia Civil de Tráfico. Todo eso escapa a la capacidad y a la responsabilidad de la DGT y, por consiguiente de su director general.

Pero, en mi opinión, algo que si debemos reconocer es que, el bombardeo constante de mensajes más o memos acertados, la presencia constante del Sr Navarro en todos los medios de comunicación y las críticas y los diferentes puntos de vista sobre el grave problema de los accidentes de tráfico, han operado el milagro de que, por primera vez en España, el tema esté en la calle y todo el mundo lo aborde con el indudable deseo de que la intolerable sangría en vidas y bienes que venimos padeciendo durante tantos años, empiece a estar en vías de solución.

Hace poco escuche al directivo de una importante compañía de seguros establecer un símil en el que nunca había pensado, decía: “¿cuan seria la reacción de la sociedad española si todos los lunes nos despertásemos con la noticia de un avión comercial se había estrellado con 200 pasajeros a bordo? Y es que, en definitiva, el futuro de la seguridad del tráfico depende de la toma de conciencia de toda la sociedad ante el drama intolerable que todavía sufrimos.

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