El Estado debe acudir en ayuda de nuestra industria del automóvil

Cuando es público que las causas de crisis que padecemos en España tiene sus orígenes en la especulación y en lo que se ha dado en llamar ingeniería financiera para tapar los chanchullos de los más avispados; cuando en la construcción, el constructor compraba a uno el terreno, lo recalificaba sobornando en muchos casos al que recalificaba y engañando al vendedor para después vender por cien lo que la había costado veinticinco edificar; cuando las petroleras y los bancos se jactaban públicamente de haber incrementado sus beneficios cuando aún no había transcurrido el primer trimestre de ejercicio, la pequeña y mediana empresa, los autónomos y el pequeño comerciante sobrevivían con dificultades manteniendo puestos de trabajo y pagando toda clase de impuestos y créditos en muchos casos, van a ser estos últimos los que, por lo que se nos anuncia, van a pagar el pato, mientras, muchos de los primeros, los especuladores, aparentemente en quiebra, seguramente ya han encontrado el medio para poner lo ganado a buen recaudo.

Pero lo más sangrante, injusto y a la vez peligroso, es la crisis por la que está pasando nuestra industria del automóvil.

Los fabricantes, y también los importadores de automóviles, no solamente son generadores de puestos de trabajo y de riqueza para el país, sino que sus cuentas de resultados se mueven en una delgada línea entre las pérdidas y las ganancias; estas últimas, siempre muy ajustadas en relación con las enormes inversiones que exige este tipo de fabricación, mientras que, las pérdidas, cuando se producen son siempre multimillonarias.

Pero la cosa no queda ahí. El automóvil en España viene siendo desde que la memoria me alcanza, la ubre inagotable de impuestos en cascada que nutre las arcas del Estado, una presa que Hacienda se ha negado siempre a soltar.

Cuando observo lo que se está haciendo en un país como Alemania, en donde una parte de la liquidez aportada por el gobierno de va a dedicar a mantener viva la industria del automóvil, la misma que sacó del marasmo a aquel país a raíz de la segunda Guerra Mundial.

Cuando leo las declaraciones de la alta dirección de la industria del automóvil en Norteamérica que también se beneficiará de forma preferente de esas ayudas extraordinarias;cuando escucho la voz del presidente de Renault en el mismo sentido, me causa asombro contemplar como nuestro Gobierno permanece todavía el país de Alicia dando palos de ciego, mientras, cada día, un fabricante distinto anuncia despidos masivos y cierres de concesionarios sin cuya actividad una buena parte de nuestra sociedad puede llegar a sufrir un grave colapso.

Pero, cuidado, si no se hace algo de forma urgente, estas importantes empresas que son una parte muy importante de nuestro tejido industrial, lo mismo que llegaron se marchan a países donde están esperando recibirlos con los brazos abiertos.

No se nada de economía, pero si sé algo de la historia del automóvil en España desde que SEAT lanzó al mercado su primer 600. El camino ha sido difícil y el haber logrado la confianza de los grandes inversores de Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia y, ahora la del gigante asiático, puede, súbitamente, tornarse en la retirada de esa confianza. De nada sirve que en foros internacionales nuestro presidente afirme que somos el país más sólido de la Tierra mientras nuestra economía se derrumba como un castillo de naipes,

Paco Costas

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