Paul Newman

Soñé que había muerto

Nunca he creído en los fenómenos paranormales ni en la telepatía; pero el sábado pasado, a las siete de mañana, al despertarme y sin poder relacionarlo con nada anterior próximo que lo provocase- las últimas noticias sobre la salud del actor Paul Newman que tenía, son las mismas que todo el mundo conocía del pasado mes de agosto cuando decidió abandonar el hospital para morir en paz en el seno de su familia-, todavía bajo los efectos del último sueño, me vino a la mente que los medios de comunicación habían anunciado su muerte. Puede imaginarse mi sorpresa cuando, en los informativos del mediodía escuché la noticia.

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Conocí personalmente a Paul Newman en Nueva york en el año 1964, y aquel breve encuentro, añadido a la enorme simpatía que ya sentía por él, hizo que las pocas palabras que había tenido la ocasión de cruzar con el actor quedaran grabadas en mi memoria para siempre.

En aquellos años, entre las muchas cosas que he tenido que hacer para ganarme la vida, actuaba como intérprete y comisionista de una firma de importadores de muebles y antigüedades. Mi trabajo consistía en recibir los encargos desde Nueva York, los pasaba a un par de comerciantes del Rastro, y ellos se encargaban de enviarlo a través de una agencia española especializada en importación y exportación. Por entonces estaban de moda en Norteamérica las mecedoras que utilizaba el presidente Kennedy por causa de su lesión de columna y fueron millares las que se vendieron en aquel país.

Mi cliente, un judío neoyorkino, recorría toda Europa un par de veces al año, incluida España, y yo le servía de intérprete hasta que llegamos a un acuerdo y me encargó de la compras en Madrid. Esta relación fue una de las causas que me permitió visitar por primera vez Nueva York que en aquel año celebraba su Feria Mundial.

La empresa estaba en un enorme almacén próximo a Times Square y fue, en la mañana que acudí a visitar a mi cliente, cuando me encontré a Paul Newman que, por lo que me dijo, estaba interpretando una obra teatral con su esposa Joanne Woodward en un teatro del centro y al parecer esta allí por ser cliente asiduo y amigo de mi cliente, que fue quién nos presentó.

Recuerdo perfectamente que el actor iba vestido con una sencilla cazadora, unos vaqueros, y, como, al saludarnos sonrió mientras hacía aquel gesto que le hizo tan famoso bajándose a la altura de la nariz las gafas de sol y dejando al descubierto los ojos más azules que he visto en mi vida.

Volví a coincidir con él en varios Grandes Premios de Fórmula 1, a los que siempre acudía: Long Beach, Detroit, Dallas; era frecuente verle en el paddok, muchas veces como participante. piloto de competición y gran aficionado al automóvil.

Nunca me atreví a recordarle aquel encuentro de Nueva York ni quise importunarle, a pesar de haberle tenido en muchas ocasiones a mi alcance, pero ahora que ya no podrá volver a las carreras que tanto le gustaban, me vienen a la memoria su sonrisa, su mirada y su simpatía inigualable, el día que tuve la fortuna de conocerle. Descanse en paz.

Paco Costas

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