F1: Las Lágrimas de la Impotencia

Desde el trágico accidente que costó la vida a Ayrton Senna en mayo de 1994, mi vinculación con los grandes premios de F1, se ha venido limitando a las retransmisiones de la televisión, aunque, si bien es cierto, nunca he dejado de seguirla con la misma pasión que lo hice durante los 25 años que tuve el privilegio de verla en directo.

Hubo un momento, durante los últimos años, en los que el dominio de Schumacher me mantuvo atento sólo por inercia, pero la aparición de Fernando Alonso, desde el momento en que tuvo un volante, obraron el milagro de despertar en mi el deseo de no perderme ni una de sus muchas apariciones y éxitos.

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En una ocasión, en Barcelona, con el deseo de afirmarme en mis primeras impresiones acerca de su talento, le pregunté a Jean Carlo Minardi qué opinaba sobre el español, y él, que es poco dado a grades elogios después de haber pasado por su equipo algunas de las más grades figuras, me dijo: “Fernando, e un grande pilota”.

El tiempo se ha encargado de confirmar aquellas palabras con largueza y Fernando Alonso se ha convertido por méritos propios, en una de las más grandes figuras del automovilismo mundial con independencia de que sea bicampeón o llegue algún día a repetir, quien sabe, cuantos títulos más.

Después de ver a lo largo de muchos años a grandes campeones, creo, mejor diría, estoy seguro, que Fernando Alonso es el piloto más completo de la actual F1, con bastante diferencia sobre los mejores del momento que, sin duda, son varios.

Lo sucedido ayer en Abu Bhabi no ha hecho más que reafirmarme en mí que ja permanente sobre la pésima actuación del equipo técnico de Ferrari que, solamente, gracias al talento del español y algunas pobres mejoras de última hora en su monoplaza, le han permitido, casi al final de la temporada, llevar a cabo una recuperación heroica.

Este campeonato que acaba de terminar, tuve la suerte de ser llamado por la Televisión del Principado de Asturias, para hacer comentarios a o largo de todos los grandes premios, y , cuando después del primer éxito del español, en la primera carrera, las prestaciones del Ferrari comenzaron a caer de forma inexplicable, mis protestas fueron continuas hasta el punto que, mis compañeros de retransmisión,me reprocharon más de una vez mi exagerado pesimismo.

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El tiempo ha venido finalmente a darme la razón, aunque ello no compensa mi tristeza. El engaño del que fueron víctimas los prebostes que estaban en el muro del Caballino, hubiera sido de libro para cualquiera de los grandes directores de los muchos que han jalonado la historia de de este deporte y que aún están a cargo de equipos potencialmente menos poderosos que el italiano.

Situaciones como la provocada de forma absurda en Alemania, rozan la estupidez y son impropias de un equipo con la enjundia de Ferrari. Afortunadamente todo quedó en multa y no tuvo mayores consecuencias, pero el error cometido en Abu Dhabi le ha costado el título a Fernando y ha provocado la tristeza y la decepción en millones de aficionados, entre los que me incluyo. Y de nada me sirve que Fernando, en un gesto de elegancia que le honra, haya quitado importancia a lo sucedido atribuyéndose una parte de un culpa no tiene.

En la F1, como en la vida, las ocasiones pasan por tu puerta, y si las dejas pasar, raramente se vuelven a presentar. El éxito indiscutible de Red Bull y su incontestable superioridad técnica, le hacen acreedor a los dos títulos obtenidos, pero la lucha desigual de David contra Goliat en los últimos compases del campeonato, hacen todavía más amarga la derrota de Fernando Alonso.

Paco Costas

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