UN VEHÍCULO DEL JURÁSICO

ESTE ES EL COCHE CON EL QUE EMPECÉ A CONDUCIR EN 1949

Por entonces yo debería tener 16 o 17 años más o menos y ya había ejercido toda una serie de oficios de forma breve. Había sido alumno interno de las monjas de la Caridad en Aranjuez y ya había merecido de sobra  la mala opinión que mi corta familia tenía de mí.  Ferreol, mi patrón, sabiendo que yo era capaz de conducir, aunque todavía no tenía carné, me ofreció un trabajo que yo acepté encantado. En la lechería tenía, para el reparto y la recogida de la leche, un destartalado modelo Renault construido entre 1927 y 1929, de origen descapotable, convertido en camioneta.

Describir ahora cómo era y cómo funcionaba aquel vehículo de cuatro cilindros, otrora estrella de la marca, bien plantado sobre sus cuatro neumáticos, con sus faros impecables, sus frenos de cable razonablemente eficaces y su encendido con magneto y arranque eléctrico gracias a una inteligente combinación dinamo, puesta en marcha, conocido como “dinastar”, sería como tratar de recordar Trafalgar y las naves hispano-francesas desmanteladas, antes y después de la batalla.

Los faros mostraban, los dos, sus cuencas vacías, De los frenos, funcionaban sólo los delanteros- a veces se rompía el cable de uno y frenar se convertía en una arriesgada aventura- El freno de mano hacía mucho tiempo que había dejado de existir, y cuando aparcabas, según fuese la pendiente, además de la primera o la marcha atrás, tenías que dejar la dirección girada y con los neumáticos apoyados en el bordillo de la acera, en el sentido contrario a la pendiente.

Arrancar el motor que, en su día el conductor debería haber logrado con toda comodidad desde su puesto al volante, era una facilidad del pasado que yo nunca llegué a conocer: el carburador, para más complicación, tenía un pequeño agujero en la toma de admisión y el motor no ralentizaba y la única puesta en marcha posible había que realizarla en un alarde de agilidad y fuerza.

Cuando arrancaba a la primera por estar bien el punto de encendido y la distribución, bastaba con un cuarto de manivela, mientras,  con un cordel atado al mando del acelerador que asomaba por la parte delantera del capó, dabas un par de rápidos acelerones y con la puerta delantera del conductor abierta (se abrían hacia atrás)  hacías un rapidísimo recorrido hasta poder desde tu asiento seguir acelerando para que no se calara el motor.

Esto,  sólo por encima, en lo concerniente a la mecánica. La carrocería había sufrido tal metamorfosis, que la propia Renault hubiese negado su paternidad. Por aquellos años algunos de los más bellos modelos, Rolls, Hispano Suiza, Lincoln, y muchos otros de los que circulaban por España antes de la guerra civil, fueron groseramente decapitados y transformados en toda clase de vehículos de transporte.

Los toreros utilizaban para sus viajes algunos de estos coches por su gran capacidad en los que, las cuadrillas y el matador, viajaban hacinados durante largas horas, con los esportones en los que transportaban sus capotes y equipajes sobre la baca; en el verano, en los meses de mayor calor, solían llevar un botijo sujeto sobre el techo para mantener el agua fresca durante el viaje.

De mis memorias: Una Vida Sobre Ruedas: AMAZON: libros Paco Costas.

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