…y volver… volver… volver…

Todo lo que hay que hacer para pasarte todo el viaje de vuelta cabreado

En la víspera de la fecha elegida, asistir a la cena de despedida con los amigos y acostarse a las dos de la mañana.

Como la cena nos ha impedido dejar el coche cargado (las bicis, las tablas o el arcón extra que llevas sobre el techo), con el equipaje más pesado, hay que hacerlo después de levantarnos, tarde, bajo el sol, a toda prisa y mientras le gruñimos a toda la familia que no tiene la culpa de nada.

Cuando todo parece estar listo para partir, conviene añadir a la imprevisión la necesidad de llenar el depósito. Como se hace tarde, no hace falta mirar los niveles, ni comprobar las presiones de los neumáticos, o el parabrisas que está está sucio… ¡Hay que partir, se está haciendo tarde!!

Cuando van transcurridos los primeros kilómetros, es casi seguro que, con las prisas, algo que hemos colocado de cualquier manera y produce un ruido molesto, comience a poner aprueba nuestros nervios. Pero no debemos parar, hay que seguir.

De improviso, cuando queremos apurar los frenos o tomar una curva a más velocidad de la habitual, la frenada nos sorprende, el coche tarda más de lo habitual en frenar y, en la curva, el vehículo gira menos de lo que le pedimos con el volante.

Estas emociones sólo se viven con una carga mal colocada, de cualquier manera y sin tener en cuenta eso tan importante para el buen comportamiento de un automóvil, su centro de gravedad.

Después de un par de horas, es el propio cabreo el que, normalmente se traduce en aumento de la velocidad, y en lugar de parar unos minutos para darte un respiro y relajar la tensión familiar, debes atajar su deseo de forma autoritaria y sin ninguna explicación civilizada. ¡Vamos tarde, hay que llegar!

El conductor que, sin causa aparente que lo justifique, nos obliga a circular un buen trecho detrás de él, hay que adelantarle con la emoción que produce hacerlo en el peor momento y por los pelos, mientras, la familia contiene la respiración aterrorizada y el conductor del vehículo adelantado toca el claxon airadamente en señal de protesta.

Y después de tan placentero viaje, cuando ya hemos hecho la mayor parte del viaje y sólo nos faltan cien kilómetros para llegar, continuamos cabreados, fatigados, y con muchas menos facultades y capacidad de reacción, es precisamente entonces cuando se impone apretar con decisión el acelerador.

NOTA: Poniendo en práctica esta forma de volver a casa, a veces no se llega.

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