Los primeros radares

Del libro de Paco Costas. “Por una Conducción más segura”

Faltaban casi cuarenta años para que fuese descubierto el radar gracias a las aves nocturnas y ya los peligros de la velocidad requerían soluciones para su control. El aumento de los accidentes en Francia, preconiza el empleo de registradores de velocidad y quieren que se establezcan de forma obligatoria. La respuesta no se hace esperar por parte de los automovilistas.

En un artículo aparecido en L’Automobile en 1907, se puede leer el siguiente comentario, que muchos conductores de hoy, defensores de la velocidad libre o con más amplios márgenes, seguramente firmarían: “los registradores tendrán siempre, incluso si se logra hacerlos funcionar correctamente, un grave inconveniente: proporcionar a los jueces excelentes pretextos para cometer injusticias. Por ejemplo, regresáis de Tours y, sobre las rectas de las hermosas carreteras, anchas y poco frecuentadas de dicha comarca, corréis a máxima velocidad sin causar el menor accidente… testigos que no han visto nada, declaran que corrías por lo menos a 100 por hora. Se os acusa ante el juez comarcal. Allí el juez os mostrará la cinta del aparato registrador, cinta tomada mientras se instruía la denuncia. Se deducirá de ello que sois un mal y peligroso chófer, y seréis condenado a la máxima sanción”.

Otro sistema de control, que hace ahora sonreír, se le ocurrió a un inglés: “Establecer en todas las carreteras y cada veinte kilómetros, postes enlazados entre sí telefónicamente, ante los cuales los chóferes estarían obligados a detenerse para darse a conocer y donde, por consiguiente, sería fácil comprobar que no han corrido a excesiva velocidad puesto que había sido señalado su paso por el poste precedente. Un aparato especial permitiría al guarda de los postes el interceptar la carretera en caso preciso, para detener a los chóferes que fueran tentados de burlarse de la prudencia. Un impuesto a determinar sería establecido en cada poste y permitiría cargar los gastos de esta nueva organización a las personas que quisieran quemar velocidad en carretera”. ¡Veis lo sencillo y práctico que es!, añadía el autor de tan genial idea… “Esta inspección permanente con sus continuas paradas tendría sabrosos éxitos y molestaría horriblemente a los chóferes obligados a detenerse a cada instante para someterse a tan odioso control”.

Aunque la descabellada idea no parece que tuvo mucho éxito, lo cierto es que en Francia, en 1906, el Tribunal de Primera Instancia de Sèvres juzgó en un solo día a 73 conductores, acusados de exceso de velocidad. Las condenas a prisión llueven con facilidad y la prensa denuncia: “¿Cuándo se organizará formalmente la oposición contra las condenas pronunciadas como consecuencia de infracciones impuesta a la buena de Dios, sin cronometraje formal alguno, por agentes incompetentes?”.

Como podemos apreciar, la gran discusión sobre la velocidad y sus riesgos inquietó a la sociedad desde el mismo nacimiento del automóvil.

Abundantes testimonios de la época así lo confirman. En Estados Unidos la psicosis de la velocidad llegó a extremos indescriptibles. Un periódico norteamericano anunció en plan de broma un descubrimiento llamado a causar sensación, “el microbio del exceso de velocidad”. El nombre del curioso microbio es el “Periplektoskoris” y su descubridor asegura que, “a su presencia en la sangre deben su locura los chóferes culpables de exceso de velocidad”.

Según publicó L’Automobile en 1906, otro inglés, sir James Crichton Browne, acababa de cubrirse de gloria, a menos que no sea de ridículo, añade L’Automobile, presentando en el Congreso de Higiene de Blackpool, una moción según la cual el automóvil conducirá a una locura especial: “el vértigo de la velocidad, debido, según él, a la rapidez de las vibraciones de los automóviles, acarreando una especie de desarreglo cerebral. La frecuencia de este desarreglo debe conducir fatalmente a los chóferes a la locura, tanto más cuanto que siguen aumentando sin cesar su velocidad”.

El Daily News londinense publica, a petición de un lector, un anuncio en el que se hace la siguiente pregunta: “¿Es posible conducir un automóvil y permanecer cristiano?”. Según este anunciante, “la esencia del cristianismo es la humildad y no puede encontrarse esa virtud circulando montado en una máquina que deja atrás insolentemente a los peatones y a los carruajes y les obliga a dejar paso libre”.

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